A sus ochenta.
Había vivido gran parte de su vida solo ya que se caso joven y al tener su cuarto hijo su mujer murió dejándole sumido en la desesperación, con cuatro hijos que sacar adelante y un dolor inmenso casi insoportable, que oprimía con fuerza su pecho. Vivía en un pueblo no muy grande, trabajando a jornales y explotando algunas tierras que heredo de sus padres. Su cuñada le ayudo bastante a sacar adelante a sus hijos sobre todo al recién nacido. El tópico no se cumplió ya que entre ambos nunca surgiría nada.
Berto lo fue superando poco a poco, pasaron los años más duros y la estabilidad volvió a su vida. Sus hijos crecieron y cada uno fue buscando su camino y le fueron abandonando. Uno de ellos le propuso que se fuera a vivir con El a su piso, en una zona costera con un clima agradable y la compañía de su familia. Berto se decidió y marcho en busca de nuevos aires. Una vez allí se le abrieron un montón de puertas que en su pueblo ni siquiera existían. Conoció a un grupo de gente de su edad con los que charlaba, tomaba, a veces bailaban, en fin, se divertía.
Cincuenta años son muchos años de soledad y Berta seria la encargada de ponerlos fin. Ella era dos años menor que El y parecían estar el uno hecho para el otro.
Dos años duro la historia en la que ambos se volvieron a sentir mas vivos que nunca, saliendo, riendo, conociéndose. Realmente no se habían terminado de conocer cuando desgraciadamente Berta moría.

Berto fue su amor y su verdugo quitándola la vida y después quitándosela El. Nadie de sus conocidos daba crédito a tan aterrador suceso. Berto se convertía así en uno mas de esos asesinos con los que convivimos y que arrebatan la vida, y juegan a ser cualquier Dios por un día, y no lo consiguen, y terminan siendo demonios para siempre.